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En nuestros días, cuando el espíritu competitivo parece inundar todos los espacios, practicar la solidaridad será siempre una alternativa de cambio y de ruptura, fugaz y pequeña quizás, pero potencialmente generosa en complicidades y respuestas efectivas a los problemas que nos aquejan y a los desafíos que nos planteamos. Sospechando que otras experiencias presentes y pasadas de apoyo mutuo nos pueden servir para ampliar nuestras propias iniciativas, hoy quisiéramos explorar el “mingaco”, una práctica campesina –también conocida como minga- que si bien es cierto ha mermado muchísimo en comparación a tiempos no muy lejanos, aún se realiza en algunas zonas rurales de la región chilena, resistiendo al hegemónico egoísmo y, por qué no decirlo, a la misma esclavitud asalariada. Este breve texto introductorio tiene entonces por objeto rescatar una interesante instancia de solidaridad y exponer algunos de sus elementos posiblemente útiles para construir nuevas realidades.

Según se sugiere de los testimonios consultados, el mingaco vendría a ser una instancia de colaboración en donde un anfitrión convoca a familiares y vecinos a realizar un trabajo de gran envergadura, sin salario y solo a cambio de alimentación y la posibilidad de verse retribuido en los mismos términos en otra oportunidad. El llamado puede ser hecho para satisfacer las más diversas necesidades, tanto en beneficio comunitario como particular. Así entonces, un mingaco puede estar orientado a sembrar, cosechar, plantar, podar, excavar pozos, reparar puentes y caminos, construir casas y sedes, etcétera. “No solamente lo hacen las familias que son más afines (señalaban algunos campesinos en La Cruz, zona central), sino cualquier familia, aunque sea una familia que esté enemistada con otra. Si por ejemplo corre el aviso en la Junta de Vecinos, van todos. El mingaco significa que él se compromete en que va a atender a la gente y la gente se compromete a hacerle un trabajo que necesita hacer rápido, como por ejemplo una noria, una corta de trigo (…) si alguien tiene que hacer un trabajo, vamos a ir todos, sin importar si es de uno u otro… lo hacen aunque estén enojados, lo hacen y muchas veces sirve para arreglarse”[1].

No obstante esa aproximación general, al ser una actividad social muy antigua y al estar presente en geografías muy desiguales, el mingaco difícilmente podría definirse cabalmente sin dejar fuera variantes de diverso orden. Y por lo demás, tampoco queremos idealizarlo, pues en su versión más extendida prevalecen ciertas prácticas, sobre todo de género, que bien podrían modificarse para enriquecernos a todos y todas.

Pero antes de volver sobre sus potencialidades presentes daremos una vuelta por su compleja y atractiva historia, un recorrido que, como veremos, está lleno de aprendizajes interculturales.

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La palabra y los orígenes remotos.

La expresión mingaco deriva del quechua mink’akuy que vendría a significar “pedir ayuda a otro, prometiéndole algo”. A su vez, esta práctica se vincula con el ayni, un concepto global andino que hace referencia a la lógica de cooperación y reciprocidad que, para ellos y ellas, debería regir las relaciones comunitarias.

Ahora bien, el impulso de solidaridad a nivel local ha estado presente en las más diversas geografías desde la misma noche de los tiempos. Por ello no es extraño encontrar prácticas similares en otros lejanos territorios, como el auzolan vasco[2], el mutirão brasilero, la cayapa venezolana, la manoprestada colombiana, el manovuelta centroamericano… En estas tierras también cambia de nombre, siendo su variante más conocida la minga chilota. Hay que subrayar que la colaboración en estos casos era y es primordialmente voluntaria. No está demás remarcarlo si entendemos que entre los españoles y varios pueblos originarios existía el trabajo colectivo obligatorio, como la mita incaica y la encomienda impuesta por los europeos, por ejemplo.

Aunque era una costumbre más antigua, en Chile ya hay registros de costumbres similares en el periodo de ocupación hispana. En 1670 el jesuita Diego de Rosales señalaba que entre los mapuche era mal visto construir las rukas solitariamente, pues aquello era considerado señal de falta de amigos o parientes. “Y así es costumbre asentada, que el que ha de hacer una casa de estas ha de convocar a toda su parentela y a todos los de la provincia. Y esta casa se ha de hacer en tres tiempos, y en tres veces, y cada vez ha de hacer una fiesta en que han de bailar; comer y beber tres y cuatro días. La una fiesta ha de ser el clavar las varas en el suelo, la otra el embarullar alrededor, y la última al cubrirla de paja[3].

Cuando despuntaba el siglo XX, Pascual Coña recordaba también: “los mapuches antiguos se ayudaban entre sí en todos sus trabajos; determinadas agrupaciones de familias trabajaban de mancomún. Terminadas esas faenas daban principio a sus comilonas festivas[4]. Ignoramos si el mingaco fue asimilado desde las culturas del norte con las cuales los mapuches se relacionaron y enfrentaron en el período precolombino (dado que es una palabra quechua) o si existía ya, pero con otras designaciones. Con todo, como hemos visto anteriormente, el impulso de apoyo mutuo ha existido en infinidad de pueblos.

Un asunto sumamente interesante es que a través del tiempo y el contacto fronterizo, en algún momento y quien sabe bajo qué circunstancias, el mingaco fue asimilado por las campesinas y los campesinos criollos y chilenos. En este sentido los cronistas son más claros para señalar que se trataría de una costumbre específica asimilada por parte de los invasores y de la población mestiza. El abate Juan Ignacio Molina, tras describir la fiesta mapuche de la construcción en términos similares a los referidos anteriormente, señalaba en 1776, y ya utilizando explícitamente la palabra “mingaco”, que “los Españoles campesinos han adoptado también este método prevaleciéndose de la misma industria para concluir sus labores de campo”[5]. Por otra parte, no menos asombroso resulta observar el “viaje y asimilación”, en tiempos distintos y probablemente bajo lógicas igualmente diversas, hacia otros lejanos territorios, como Elqui y las tierras australes.

A lo largo de los siglos, desde la Colonia hasta nuestros días, el mingaco también ha convivido con la estructura agraria del país y no ha estado al margen a los conflictos y relaciones jerárquicas del campo. De hecho, al ser una interesante iniciativa “económica” hubo momentos en que intentó ser cooptada por el latifundio, al menos antes de su “modernización”[6]. Sin embargo, al final de cuentas quienes lo han practicado y conservado hasta nuestros días, vienen principalmente desde sectores populares: inquilinos, afuerinos y minifundistas, mapuches y chilenos.

En ese mundo particular ha ido adquiriendo nuevas características y ha nutrido un amplio abanico de posibilidades económicas, sociales y culturales. La música, de hecho, tiene toda una historia en común con el mingaco, sobre todo a través de las cantoras que junto con animar estos encuentros, eran depositarias y trasmisoras de un sinfín de saberes adquiridos por la tradición oral[7].

No está de más recordar que, salvo cuando existía intromisión patronal, o cuando antiguamente el rol de jefe de comunidad en el caso mapuche prevalecía[8], el mingaco era también una fiesta entre iguales, una instancia de complicidad y un pequeño nodo de resistencia cultural a los valores occidentales y símbolos imperantes relacionados al trabajo, remunerado o forzado a terceros. Una especie de ritual, un pacto de retribución entre los de abajo[9]. Por lo mismo no son escasos los testimonios despectivos por parte de las élites de antaño.

En 1859 un escritor y dramaturgo nacional indicaba que aunque quedaban vestigios en la costa de esa “reunión entre gentes de nuestro vulgo”,por fortuna las trillas de mingaco han desaparecido casi totalmente; ya los agricultores han sistematizado sus trabajos, pagando sus peones y no permitiendo asistir a sus trillas a toda esa multitud de ociosos que solo era atraída por los pasteles y el mazamorrón[10]. Si bien finalmente yerra, al menos parece ser que ya entonces el mingaco tendía a mermar en el campo ante la modernización agraria, al menos allí donde el latifundio era hegemónico. Por lo mismo, quizás, su presencia parece estar más ligada a las zonas donde la estructura de propiedad se vincula al minifundio o a las comunidades y reducciones para el caso mapuche.

El mingaco, como fiesta productiva, podría ser una especie de invento o expresión propia de la “ingeniería tecnológica popular”, como lo llama el historiador Gabriel Salazar, en contraste con la lógica empresarial graficada en la búsqueda de importación de maquinaria agrícola[11]. Ahora bien, quienes aún lo practican tienen la gracia de sostener un esfuerzo comunitario cuyos beneficios económicos, en términos capitalistas, son discutibles si se piensa en la terea de búsqueda de colaboradores, en la tolerancia de un trabajo no profesional, en el gasto de comida, y en la perspectiva de entregar su trabajo en las mismas condiciones a una variada cantidad de comensales. Por todo lo anterior, es evidente, ha señalado el antropólogo John Durston, que el mingaco sobrevive con harta fuerza, aunque en un principio se tienda a invisibilizar, por razones extraeconómicas como lo son el ambiente festivo y los gestos de cooperación[12].

La progresiva presencia del Estado en las comunidades campesinas no ha dejado de afectar también las dinámicas internas del mingaco. Ello se ha reflejado principalmente a través de la cooperación entre los municipios y los campesinos para llevar adelante obras comunitarias como el arreglo de caminos o la instalación de puentes[13]. Hoy en día, además, algunos organismos burocráticos han pretendido rescatar el mingaco dándole un soporte más o menos institucional[14]. La cada día más evidente presencia del Estado en los campos, actuando e incentivando una lógica de subsidios, créditos y regalías, ha mermado también la capacidad de las propias comunidades para solucionar sus dificultades.

Por último, no sabemos si siempre fue así, pero el caso es que el mingaco tampoco se libró de la reproducción de relaciones jerárquicas entre géneros. En muchos casos las mujeres fueron relegadas a labores de cocina y alimentación.

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Hacia nuestros días, y más allá.

Comparativamente, hoy son muy escasas las zonas en donde el mingaco sigue desarrollándose. La irrupción del trabajo asalariado y la merma del sentido comunitario, los procesos de migración con el respectivo despoblamiento, la extinción de faenas colectivas  y un sinfín de otros factores así lo han determinado. En distintas geografías, sin embargo, aún persiste y anida como evocación de una fiesta colectiva propia de un tiempo no muy lejano. Ese recuerdo, pienso, también puede ser potencial de futuro.

Sin duda, desde la sensibilidad libertaria, hay aspectos que podrían cambiarse dentro del mingaco, entendiendo que aun cuando las experiencias pasadas nos aportan muchas preguntas y herramientas útiles, no todo lo antiguo es en sí mismo bueno. Podríamos partir por acabar con las relaciones autoritarias que aún perviven allí, y en nosotros, desde luego.

En muchas zonas rurales del país viejas prácticas de apoyo mutuo están desapareciendo al tiempo en que aumenta la dependencia hacia los subsidios estatales. Problemas que antaño resolvían directamente los afectados, ahora se delegan a las autoridades sin entender, pensamos, que con ello también vamos entregando un poco más de nuestras propias vidas.

Por eso es urgente practicar la solidaridad y acabar con las relaciones salariales, porque la única forma de recuperar nuestras vidas es librándonos de toda dependencia. Ante los problemas que se nos cruzan y los desafíos que nos planteemos nuestra invitación no es otra que a vivir, aprender y desatar el apoyo mutuo en sus inimaginables versiones.

 

Víctor Muñoz Cortés

Loncoche, primavera 2015.

[1] Reproducido en Durston, J.; Duhart, D.; Miranda, F.; Monzó, E, Comunidades campesinas, agencias públicas y clientelismos políticos en Chile, LOM Ediciones, Santiago, 2005, p. 47.

[2] Sales Santos Vera, Itziar Madina Elguezabal, Comunidades sin Estado en la Montaña Vasca, Editorial Hagin, Navarra, 2012, p.51-55.

[3] Los comentaristas de aquella obra indican que éste sería el origen “genuino” del mingaco (aunque el sacerdote no la menciona en esos términos) agregando, además, que muchas obras de gran envergadura –iglesias y conventos- habrían sido hechas de modo similar. Diego de Rosales, Historia General Del Reino de Chile, Flandes Indiano, Tomo I, Editorial Andrés Bello, Santiago, 1989, P. 145.

[4] Lonco Pascual Coña ñi tuculpazugun. Testimonio de un cacique mapuche, Pehuén, Santiago, 2002.

[5] Juan Ignacio Molina, Compendio de la historia civil del Reyno de Chile, Imprenta de Sancha, Madrid, 1795, p. 123. La versión original es de 1776.

[6] Arnold Bauer, La sociedad rural chilena: desde la conquista española a nuestros días, Andrés Bello, Santiago, 1994, p. 173.

[7] Antonio Tobón, “Cantar en la Parva: Autoridades Rituales en el Mingaco de Trilla en Chile Central”, Revista Chilena de Antropología, n°23, 2011.

[8] Al respecto ver Louis Faron, Los mapuche. Su estructura social, Instituto Indigenista Interamericano, México, 1969, p. 46-55; José Bengoa, Historia del pueblo mapuche. Siglo XIX, LOM, Santiago, p.61.

[9] Antonio Tobón, op. cit.,; Montandón, R. 1951. “Faenas colectivas en el archipiélago de Chiloé”. Boletín de la Academia Chilena de Historia XVIII (45): 119-123. Valenzuela, Jaime, “Diversiones rurales y sociabilidad popular en Chile Central: 1850- 1880”. En Formas de sociabilidad en Chile 1840-1940, editado por M. Agulhon, pp: 369-391. Editorial VIVARIA, Fundación Mario Góngora. Santiago, 1992.

[10] Daniel Barros Grez, “Escenas de aquel tiempo. El mingaco”. La Semana, XXXIII, 1859: 119-121.

[11] Gabriel Salazar, Mercaderes, empresarios y capitalistas: Chile, siglo XIX, Random House Mondadori, Santiago, 2011.

[12] Ver John Durston, El capital social campesino en la gestión del desarrollo rural: díadas, equipos, puentes y escaleras, CEPAL, Santiago, 2002, p.134; Ver también Louis Faron, Hawks of the sun: Mapuche morality and its Ritual Attributes, University of Pittsburgh, 1964, pp. 20.

[13] http://www.santajuana.cl/2015/06/15/tradicional-mingaco-en-sector-paso-largo/

[14] http://www.soychile.cl/Chillan/Sociedad/2013/11/28/216164/Tradicional-Mingaco-de-la-Papa-se-realizara-este-fin-de-semana-en-Trehuaco.aspx  En Perú, la minka, el símil del mingaco fue asumido como política estatal durante los dos gobiernos de Fernando Belaúnde Terry (1963-1968 y 1980-1985).

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