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El caos tras el orden

 (Una nota sobre diversidad y asociación en huertos amerindios y africanos)

Gobernar un gran estado es como cocinar un pequeño pescado.

Tao te Ching

Cuanto más planificado, regulado y formal sea un orden económico o social, mayores posibilidades tiene de ser un parásito de los procesos informales no reconocidos por el sistema formal, y sin los cuales no podría seguir existiendo, procesos informales que el orden formal por sí solo no puede crear y mantener. En este caso, la adquisición del lenguaje es una metáfora instructiva. Los niños no empiezan a hablar aprendiendo las reglas de gramática y utilizando dichas reglas para producir una frase bien construida, sino que, por el contrario, aprenden a hablar del mismo modo que aprenden a andar: por imitación, prueba y error y práctica infinita. Las reglas de gramática son las regularidades que pueden observarse en el lenguaje bien construido, y no su causa[1].

(…) Igual que el funcionario que mira hacia abajo la maqueta de un nuevo proyecto de desarrollo, todos somos propensos a cometer el error de equiparar orden visual a orden funcional y complejidad visual a desorden. Es un error natural y, en mi opinión, grave, un error estrechamente asociado a la modernidad. Hasta qué punto esta asociación es dudosa exige algo de reflexión, ¿Se sigue de una clase donde los alumnos están uniformados y sentados en hileras regulares de pupitres que los niños aprenden más que los alumnos no uniformados sentados en el suelo o alrededor de una mesa redonda? La gran crítica de la planificación urbana moderna, Jane Jacobs, advirtió que la intrincada complejidad de un barrio de usos mixtos que funcionaba bien no era, como daba por sentado la estética de muchos urbanistas, una representación del caos y del desorden. Aunque no fuera un orden planificado, era una forma de orden muy compleja y flexible. El desorden aparente de las hojas caídas en otoño, de las entrañas de un conejo, del interior de un motor a reacción, o del departamento de noticias locales de un gran periódico no es de ningún modo desorden, sino más bien un intrincado orden funcional. Una vez se han captado su lógica y su propósito, se ve de forma diferente y refleja el orden de su función.

Observemos la distribución de los campos de cultivo y de los huertos. La tendencia de la agricultura “científica” moderna ha sido la preferencia de grandes campos de cultivo de utilización intensiva, con gran inversión de capital, en los que se planta una única variedad, a menudo un híbrido o un clon, a fin de obtener la máxima uniformidad, y que se cultiva en hileras rectilíneas para facilitar la labranza y el cosechado automático. El uso de fertilizantes, irrigación, pesticidas y herbicidas sirve para hacer que las condiciones del campo sean las adecuadas a una única variedad y lo más uniformes posible. Se trata de un módulo genérico de agricultura que viaja bien y que funciona medianamente bien para lo que yo denomino cultivos de producción «proletaria», tales como trigo, maíz, algodón y soja, que toleran un trato poco delicado. Por decirlo de alguna manera, el intento de este tipo de agricultura de situarse por encima de la tierra cultivable local, los paisajes locales, la mano de obra local, las herramientas locales y el tiempo local la convierte en la auténtica antítesis de la agricultura local tradicional. El huerto occidental tiene algunas, no todas, de estas características. Aunque contiene muchas variedades, estas se suelen plantar en general en hileras rectilíneas, una variedad por hilera, que le dan el aspecto de un regimiento militar en formación de revista antes de un desfile.

el caos tras el orden

Compárese esto, por ejemplo, con los huertos indígenas del África occidental tropical, tal como los encontraron los horrorizados agentes de extensión agrícola británicos en el siglo XIX. Visualmente, los huertos parecían un caos: dos o tres variedades, a veces incluso cuatro, apelotonadas a la vez en la misma parcela, otras variedades plantadas en grupos, pequeñas barreras de estacas dispersas aquí y allá, pequeños montículos que parecían distribuidos en la parcela de forma aleatoria. Puesto que a ojos de los occidentales los huertos eran a todas luces un desorden, dieron por sentado que los cultivadores eran negligentes y descuidados. Los agentes de extensión agraria se pusieron manos a la obra para enseñarles las técnicas agrícolas correctas y “modernas”. Tuvieron que pasar unos treinta años de frustración y de fracasos hasta que a un occidental se le ocurriera la idea de examinar científicamente los méritos relativos de los dos tipos de cultivo en las condiciones africanas, y descubrió que el “desorden” de los campos de cultivo africanos era un sistema agrícola ajustado hasta el último detalle a las condiciones locales. El policultivo y la alternancia de cultivos garantizaban la suficiente cobertura del suelo para prevenir la erosión y capturar el agua de lluvia todo el año; una variedad proporcionaba los nutrientes a otra, o bien le daba sombra; las barreras de estacas impedían la erosión de los surcos, y las variedades estaban dispersas de tal forma que minimizaban los daños causados por las plagas y las enfermedades. No solo los métodos eran sostenibles, sino que la producción superaba a la de los huertos cultivados según las técnicas occidentales preferidas por los agentes de extensión agraria. El error de dichos agentes había sido asociar el orden visual al orden funcional, y el desorden visual a la ineficacia. Los occidentales estaban presos de una fe casi religiosa en la geometría agrícola, mientras que los africanos habían desarrollado un sistema de cultivo muy eficaz prescindiendo por completo de la geometría.

Edgar Anderson, un botánico interesado en la historia del maíz en América central, dio con un huerto de un campesino en Guatemala que demostraba que lo que parecía desorden visual podía ser la clave de un sistema funcional muy preciso. Anderson, en su recorrido a pie hacia los campos de maíz, pasaba a diario junto a este huerto; al principio pensó que se trataba de un vertedero de plantas lleno de hierbas, y no cayó en la cuenta de que era un huerto hasta que vio a alguien trabajando en la parcela, y no se trataba solo de un simple huerto, sino de un huerto concebido con brillantez pese a, o más bien gracias a, su desorden visual desde un punto de vista occidental. Lo mejor que puedo hacer es citar extensamente a Anderson en su análisis de la lógica que subyace en este huerto y reproducir los diagramas que dibujó de la distribución del mismo.

“Aunque a primera vista apenas parece haber ningún orden, a partir del momento en el que empezamos a trazar el mapa del huerto, nos dimos cuenta de que estaba plantado en hileras entrecruzadas bastante definidas. Había una gran variedad de árboles frutales, indígenas y europeos: guanábanos, chirimoyos, aguacates, melocotoneros, membrillos, ciruelos, una higuera y algunos arbustos de café. Había cactus gigantes cultivados por su fruto. Había una gran planta de romero, otra de ruda, algunas poinsetias, y un rosal de té semitrepador. Había una fila entera de espino nativo domesticado, de cuyo fruto, muy parecido a una pequeña manzana amarilla, se obtenía una deliciosa confitura. Había dos plantas de maíz de dos variedades diferentes, una de ellas ya vieja y que servía ahora de espaldar para unas judías verdes trepadoras cuya temporada apenas acababa de empezar, y la segunda, mucho más baja, empezaba a florecer. Había especímenes de un pequeño plátano cuyas grandes hojas lisas son el sustituto local del papel de envolver, y que también se utilizan en lugar de las hojas de la mazorca de maíz para preparar la variante local de los tamales picantes. Sobre todo ello trepaban las exuberantes plantas de diversas cucurbitáceas. El chayote, cuando por fin madura, tiene una nutritiva raíz que pesa varios kilos. En un punto de la parcela había un hoyo del tamaño de una pequeña bañera donde se había excavado hacía poco una raíz de chayote, y que servía de vertedero de las basuras de la casa y de compost. En un extremo del huerto había una pequeña colmena construida con cajas y latas. Según nuestros equivalentes estadounidenses y europeos, esta parcela era un huerto, un jardín medicinal, un basurero, un compost y un colmenar. No tenía problemas de erosión aunque estuviera situado en la cima de una empinada pendiente; la superficie del suelo estaba cubierta casi por completo y así permanecería con toda probabilidad la mayor parte del año. La humedad se mantenía durante la temporada seca, y las plantas del mismo tipo estaban aisladas las unas de las otras del tal modo por otra vegetación intermedia que impedía la fácil propagación de las plagas y de las enfermedades entre planta y planta. La fertilidad se conservaba y, además de los desechos de la casa, las plantas maduras se enterraban entre las hileras cuando ya no tenían utilidad. Los europeos y los americanos de origen europeo suelen afirmar que el tiempo no significa nada para los indios. A mí, este huerto me parecía un buen ejemplo de cómo el indio administra su tiempo mucho mejor que nosotros, si observamos con algo más de profundidad las actividades de los indios. La producción del huerto era continua, y en cualquier momento dado solo necesitaba un pequeño esfuerzo: unas pocas hierbas que arrancar cuando uno iba a recoger las calabazas, enterrar las plantas de maíz y de judías entre las hileras después de cosechar la última judía, y plantar alguna cosa nueva sobre ellas unas pocas semanas más tarde”[2].

Por James Scott.

Publicado en Revista Mingako, n°1, Primavera 2015.

[1] El presente documento es un extracto del capítulo denominado “fragmento 9: el caos tras el orden”, en James Scott, Elogio del anarquismo, Crítica, Barcelona, 2013, pp.78-86.

[2] Edgar Anderson, Plants, Man, and Life, Little Brown, Boston, 1952, pp. 140-141.

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