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               Nos acostumbran a respetar las leyes como si fueran la más legítima expresión de la verdad y la razón. Y aunque sabemos que muchas veces las burlamos de algún modo, ya sea por ignorancia, comodidad, libre elección o porque simplemente no quedan alternativas, se nos pide obedecerlas y generalmente – a la buena o a la mala- acatamos. Cosa que paradójicamente no hacen quienes las dictaron y que casualmente son los mismos que nos someten día a día.
                  Se supone que las leyes nacieron para regular el evidente conflicto que surgiría de nuestras diversas ambiciones, para hacer posible la convivencia social y para detener el abuso de los fuertes. Si las hay malas o insuficientes, el asunto pasa por cambiarlas. Y si no se cumplen se debe dotar de mayores facultades a los entes persecutores. Por último, si necesitamos algo, una vivienda digna por ejemplo, aunque hubiésemos tomado un sitio sin uso y careciéramos de un techo, se nos llama a respetar la propiedad privada y los conductos regulares, instalar públicamente la demanda y conseguir el apoyo de la clase política hasta que un buen día la consigamos.
Hay quienes creen sinceramente que por esas rutas se pueden mejorar las actuales condiciones de vida. Otros señalan que no es excluyente combinar vías legales con espacios e iniciativas autónomas. Ambas opciones nos parecen legítimas. Pero no son las nuestras.
                 Nosotras entendemos que la legalidad, a pesar de sus posibles beneficios circunstanciales, es un peligro; desde sus orígenes hasta su ejecución. De partida nadie nos preguntó siquiera si estábamos dispuestas a regular nuestras vidas en función de una Constitución. Y si el contrato social jamás lo firmamos: ¿por qué habríamos de obedecer la Ley? Más aún cuando son creadas por dictadores o políticos que no elegimos, reflejan intereses que no son los nuestros y, por si esto fuera poco, se imponen a la fuerza.
               La Ley no garantiza el bien común. Amparados en sus códigos hoy pueden quitar la tierra a quienes han vivido siempre de ellas, acaparar aguas para grandes minas o fundos y condenar a la sequía a poblaciones enteras, llenarnos de pesticidas o encarcelar a una campesina por vender sus verduras en la ciudad sin autorización. A través de sus mecanismos se ha privatizado y mercantilizado todo, incluidos los elementos vitales para la vida. Lamentablemente, aunque simplemente eligiésemos ignorarlas sus tentáculos también nos alcanzarían. Leyes, por ejemplo, aumentan o reducen los recursos que nos reprimen directamente.
¿Vamos a esperar una legislación que proteja la tierra y nuestras vidas para ponernos en acción? Claro que no. Simplemente lo haremos, por necesidad y también por la sincera convicción de que nuestras acciones son legítimas, no obstante muchas veces son ilegales, pues una cosa no implica la otra.
                   Y lo legal tampoco es sinónimo de justicia. La justicia en manos del Estado está al servicio del poder de los ricos para proteger su orden y la propiedad privada. La legitimidad no reside en la Ley escrita, sino en la construcción diaria y práctica de lo que definimos por justo, mirándonos las caras, discutiendo, escuchando nuestras voces.
                Así las cosas, las leyes solo nos merecen desconfianza. Y lo mejor que podemos hacer es burlarlas, pero sin dejar de estudiarlas y combatirlas. Recurrir a ellas para solucionar nuestros problemas, más allá de algún beneficio inmediato cuya existencia no ignoramos, nos limita y muchas veces abre las puertas a la cooptación.
             Eso más o menos sentimos nosotros. Quizás nos equivoquemos. Pero al menos elegimos.
Deseamos fortalecernos en autonomía y solucionar ahora nuestros problemas en lugar de esperar a los políticos y sus leyes. Y si hemos de establecer formas de relacionarnos, seamos nosotras mismas quienes libremente las elijamos. Sin oprimir ni ser oprimidos.
               Lo anterior no implica excluirse de esfuerzos colectivos con amigos y amigas que confían en las leyes. Nuestras fuerzas son escasas y los enemigos de la vida son muy fuertes. Simplemente nos parece necesario aportar otras miradas. Separándonos cuando sea inevitable, encontrándonos cuando podamos. La crítica honesta y la mente abierta solo pueden potenciarnos mutuamente.
                                                                                                                                                     Por Manuel

Mingako, n2, Verano, 2016

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